martes, 4 de noviembre de 2008

La Farola

La esquina de Cabildo y Ramallo está marcada desde hace décadas por una señal.
La Farola de Nuñez, integrante de una cadena de pizzerías que existe en San Justo, Mataderos, y Olivos tiene todavía una arquitectura y diseño típicos de los años sesenta y setenta.
En estas épocas de no lugares, de espacios decorados de la misma forma, con colores, mobiliario y luces idénticas, es difícil saber donde se encuentra uno realmente. Los interiores son repetitivos como la decoración de una cadena de hamburgueserías.
No es el caso de La Farola.
Sigue iluminando su espacio con la cruda luz azulada de los tubos de neón, dispuestos simétricamente como una parrilla, sin ninguna pretensión de diseño. El mobiliario es el viejo y tradicional estilo de muebles de fórmica, las mesas de cuatro invariables, dispuestas para aprovechar al máximo el espacio. El mostrador largo y de mármol , con una prolija exposición de facturas, pastelería, empanadas y toda la vajilla de vidrio necesaria para despachar rápido las gaseosas y el chopp.
Ordenado y funcional.
Su público no busca movida ni sofisticación. Parejas mayores, familias ruidosas con niños y mucha reunión de amigotes que se juntan .
Pizza y birra.
El faso
quedó afuera de la escena gracias la las disposiciones actuales. Normalmente hay dos o tres grupos de tipos que hablan de fútbol y de minas. En este ambiente no se estila ya hablar de política.
Y la circulación de grandes de muzza, doble calabresas, napolitanas , fainá , fugazzetas y fugazas satura el olfato. La pizza es de molde, gruesa, con mucho queso y debe decirse que es tanta la cantidad que sale por día que eso hace que siempre sea buena. Rústica pero noble, dos porciones calman a un estibador.
Birra, toda.
Nadie toma vino salvo la pareja de gente mayor que está al fondo del lado de Ramallo. Por supuesto, es Michel Torino barato, pero con la napolitana va bien. En éste lugar no puede hablarse de maridaje.
Digno de verse el veterano pizzero, con dos dientes menos y con sus manos llenas de cicatrices de quemaduras añejas maneja el molde, la muzza y las bateas con salsa con velocidad de experto. El lavaplatos, al mismo tiempo que organiza los platos y cubiertos sobre el secadero despacha de la heladera las bebidas, mientras que del otro lado un compañero hace gala de su experiencia al tirar el chopp con la espuma justa.
En general, el lavaplatos es el personaje invisible de la actividad gastronómica.
RA, jujeño de veinticinco años, hace dos que trabaja acá. Ahora está contento porque consiguió arreglar el asunto del horario y trabaja desde las dos de la tarde al cierre. Como consiguió alquilar un pequeño departamentito, arriba de un mercado abandonado sobre Av Maipú , en Olivos a escasas treinta cuadras de acá ,está en la gloria. Ya no tiene que venirse desde San Miguel y siente que tiene toda la ciudad para él. Comparte el departamento con dos mozos de La Farola de Olivos que, jujeños como él, le hacen compañía.
Su aspiración pasa por poder pasar “adentro” a la cuadra, para aprender el oficio de pizzero, aprender a manejar la media-masa, la cantidad justa de muzzarella por pieza y sobre todo , a saber manejar el tiempo del horno. Así que se apura para lavar rápido y poder empezar a cortar y servir cuando piden de a porción. Pela y corta cebolla sin dudar y ya tiene un par de tajos por exceso de entusiasmo y falta de habilidad.
Su sonrisa, todavía de dientes intactos, habla de su esperanza. No le pregunté de dónde es originario ni por que oficios y aventuras ya pasó. El en realidad sabe a dónde quiere llegar y lo demás no importa.
Sin sofisticación, La Farola de Nuñez pertenece a ese grupo de pizzerías que existen fuera del circuito Palermo-barrio o Puerto-quien sea y le dan de comer pero fundamentalmente le brindan un espacio de salida y distracción a multitudes desconocidas que viven y trabajan en los barrios más alejados del circuito sofisticado de Buenos Aires. Esas que se encuentran al final de Juan B Alberdi. o por la avenida Sáenz, justo en Pompeya. Las que resistieron la transformación y siguen siendo imagen y señal del barrio. Como un símbolo de identidad se oponen a los no-lugares de Marc Augé y la hiper sofisticación que proponen algunas nuevas formas de consumo.
Las luces se encienden por los barrios para el moscato, pizza y fainá .

6 comentarios:

  1. Estos son los post que me encanta leer. Vamos todavía. Más crónicas, más crónicas!.
    Abrazo

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  2. sí, crónicas, mesas de fórmica y ceniceros de lata que digan "Gancia" Nada de decoraciones en serie a lo "Santa Gertrudis"
    (Yo iba a la de Cabildo y Congreso!)

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  3. Si de Pizzerias hablamos, me permito nombrar algunas en las que he muerto de placer:
    El Cuartito, Talcahuano entre M.T. de Alvear y Paraguay.
    Las Cuartetas, enfrente del Gran Rex.

    De barrio:
    Lobato, Emilio Castro y Lisando de la Torre, Mataderos.
    Miramar, Malvinas Argentinas y Pedro Goyena.

    Saludos

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  4. ¿Llegaste a ir al Tasende? La pizza al tacho...mmmm
    Una joyita el texto, muero por una pizza de esas. Acá casi no hay, hay domino´s etc y la que uno hace en casa pero de esa, de la que va a caballo con la fainá de orillo...nou.
    Muy bueno el registro del maestro pizzero, el lavaplatos, la pareja del fondo...una foto.

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  5. Conozco mucho esa Farola y cuando de comer se trata, hay que ir allí. El café de Cabildo y Correa donde iba mi viejo supo ser como el Jockey Club arrabalero: sólo para hombres. Un día fui a buscar a mi pá y me dijo: qué hacés acá, sos loca? Pedí disculpas y retireme.

    Pero en la zona, hay un lugar entrañable que cuando lo demuelan, no quiero que me lo cuenten: Burgio, de Cabildo y Monroe, con platito de metal y pizza de molde. Recomendado por Brascó (de verdad) como uno de los lugares gourmet de Bs. As. Qué tal.

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  6. Clásica pizzería de barrio con mozos macanudísimos, porciones enormes para compartir y muy buenos precios. Cero ambientación. No busquen mármol ni arañas, es el típico boliche recontracargado de mesas, con un corredor lateral sin división alguna, de manera que mientras cenamos sentimos el olorcito de los platos que salen, vemos en plena faena al atareado pizzero y oímos el cantar de las comandas y hasta los suspiros de cansancio del mozo paradito en el corredor a medio metro de nosotros. Todos democráticamente apretujados, de manera familiar y popular. Si no buscamos privacidad ni sofisticación, no nos molesta el ruido ni el amontonamiento, y queremos ir a un lugar donde un mozo de los de oficio nos sirva bien, abundante y con una sonrisa y no nos arranque la cabeza con la cuenta, la Farola de Núñez es el lugar ideal. Recomendado para amantes de la buena pizza y de las reuniones en familia y con amigos.

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